«Soy esquizofrénico. ¿No soy normal?»

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Mauro se levanta unos días a las 9.30, otros a las 11.45 y otros a las 12.30. Se ducha, baja a desayunar al bar de enfrente y después sube a casa de nuevo. A mediodía, le ayuda a su padre a hacer la comida y luego se va a tomar el café al mismo bar. Una rutina normal de una persona normal. Tan normal que podría ahora mismo estar a tu lado tomando el café o pedirte fuego. Es tan normal que podrías pasar horas hablando del Celta y llegar a la conclusión de que lo que le falta al equipo es comunicación. Todo es demasiado normal para ser normal.

Siempre quedamos en su bar de referencia, a ese al que acude al menos dos veces por día. Él, siempre de cara a la plaza para ver la gente pasar. En la mesa, la cajetilla de tabaco, el móvil y la mascarilla. Es así siempre. No son casualidades. «Son manías», dice. Hoy tiene 24 años y hace seis que ingresó en el Hospital Psiquiátrico de Conxo de Santiago de Compostela.

Dice que le fastidió que «esto» le diera en una edad así. Con tan solo 18 años le diagnosticaron esquizofrenia. La esquizofrenia es un tipo de enfermedad mental que distorsiona el pensamiento, las percepciones, las emociones, el lenguaje, la conducta y hasta la conciencia de uno mismo. Una enfermedad mental que lo condiciona todo.

A día de hoy, Mauro ha conseguido estabilizar su relación con la enfermedad. «Mi esquizofrenia era una novia insegura al principio y me daba toques de atención cuando salía con otras personas. Después empezó a confiar en mí y me dejaron de dar brotes. Y ahora estamos en la fase de estabilización, que es cuando tienes alguna bronca normal», explica el joven estradense.

Rompiéndose desde los 12 Con 18 años, mientras unos empezaban a salir, él empezaba a entrar para poder salir algún día. Imagínate que llevas rompiéndote por dentro desde los 12 años. Que, en el colegio y el instituto, unos supuestos compañeros, te machacan por ser demasiado listo, por ser demasiado blanco, por tener gafas, por tener el pelo largo,… En definitiva, por ser. Y cuando no hay motivos para discriminarte, se inventan y punto. Y ahí, día a día, te van rompiendo poco a poco. Te rompen hasta que no puedes reconocerte. Te rompen hasta que no puedes recomponerte. Por desgracia, esto pasó y pasa. Esto es real pero no normal.

Esta es la vida de un roto con nombre y apellido. Mauro Sanín tenía solo 14 años cuando pidió a sus padres venirse de Tenerife para Galicia por su propio bien.

Huía del acoso incesante y desgarrador de unos abusones que utilizaban o inventaban lo que fuese con tal de hacerle daño. Cuenta que cuando sus profesoras se enteraron de que se iba, le dijeron que era «un chico muy bueno» y que le desearon toda la suerte del mundo. Un chico muy bueno que le pidió a sus padres irse a Galicia para poder seguir viviendo.

La muerte de su abuela lo llevó a caer en una depresión no diagnosticada que lo ensució y lo cambió todo para siempre. «Me lo tragué, me lo comí. Sufrí como un hijo de puta. Con el tiempo me puse mejor, y digo mejor porque no creo que lo tenga superado a día de hoy. Eso es algo que va a quedar ahí para toda la vida», dice con mucha rotundidad. Mauro tiene claro que esa depresión no se supera, «sigue ahí para toda la vida», como si fuese una parte más del cuerpo que habita.

Después llegó el amor en forma de dolor, y ahí es cuando empezaron los diagnósticos: TOC (Trastorno Obsesivo Compulsivo) y depresión. Cuando se marchó a estudiar a Pontevedra, el TOC se descontroló. El diagnóstico ahora iba acompañado de medicación. Las pruebas se sucedieron y un intento de suicidio determinó la decisión de los especialistas de ingresarlo en el psiquiátrico.

Con 18 años, mientras todos salían, Mauro entraba en el psiquiátrico; el acoso, el TOC, la depresión y la esquizofrenia lo rompieron por dentro.

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